La justicia tardía no es justicia y la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Autonomía de Cataluña no es que llegue cuatro años tarde, es que llega con treinta años de retraso. Desde que se aprobó el primer Estatuto de Autonomía hasta la más intrascendente de las leyes aprobadas por los parlamentos autonómicos no se ha hecho otra cosa que vulnerar la Constitución en su letra y espíritu. En un proceso conocido como mutación constitucional se han permitido todo tipo de desmanes localistas con el beneplacito, por acción u omisión, de la élite política.

El problema ya se ha enquistado y aunque la Sentencia tiene aspectos positivos que podrían reencauzar la deriva inconstitucional de la mayoría de leyes que imponen las lenguas regionales y discriminan el castellano (por ejemplo) el problema reside en que nadie está dispuesto a aplicarla ni a llevarla a sus últimas consecuencias. Directamente se han aprobado normas que se sabía que contradecían la Carta Magna, el principio de jerarquía y legalidad. Es normal que en todo sistema existan tendencias y tensiones que intenten superar los límites legales, lo anormal es que el sistema no se defienda y siempre ceda a todas las demandas por irracionales que puedan parecer. El defensor de la Constitución ha permanecido ausente desde la misma Transición, la casta política solo se ha preocupado de mantener y aumentar sus privilegios mientras que la Nación, el pueblo o el que sea el sujeto constituyente ha permanecido callado o acallado.

Zapatero no es el problema sino la conclusión lógica del devenir histórico, su promesa de aprobar el Estatuto de Cataluña independientemente de que se ajustase no a la Constitución, no es más que la consecuencia de la actitud que ha tenido la clase política nacional con todas las leyes que han hecho del “modelo autonómico” la España inconstucional. El papelón que ahora mantiene la casta política que desde el sistema critica al sistema es una bufonada sinsentido solo explicable en la esquizofrenia legal de una Constitución que solo se ha respetado en la forma.

Pero el gran ausente en todo este proceso de ilegalidad es la pasividad de quienes se sienten españoles, de quienes solo son capaces de manifestar su patriotismo de vuvuzela y envolverse en la bandera para aislarse de una crisis económica y moral que ha dejado a España al borde de la quiebra y el rescate de la Unión Europea, único freno institucional hoy para evitar que nuestra país se descalabre por la cuesta de la peronización y chavización a la que nos vemos abocados.

Mientras que la calles de Barcelona se llenaron ayer de una minoría mayoritaria exigiendo la legalidad de la ilegalidad, la gran mayoría silenciosa calla, no vota ni actúa para defender su libertad. Su inacción ha permitido que sean otros los que politicen y monopolicen el debate político, la vida política vive al margen de los sentimientos y valores de la Sociedad, pero ésta no hace nada para impedir que la Casta se apropie de su voz. Así pues, tenemos lo que nos merecemos, hoy celebraremos con banderas de España y al grito de “soy español, español” lo que ya ha dejado de ser y que es muy difícil que vuelva a ser, hemos decidido meter mortadela en nuestras papeletas hasta el punto de que toda la estructura legal-institucional es ya irrecuperable. Vivimos en una España inconstitucional y parece que nadie quiere reconocerlo.

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Un comentario sobre “La España inconstitucional

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