Vuelta a la polis

Descubro que el Gran Londres quiere más autonomía e incluso ser independiente. Los periodistas lo venden como una novedad pero las ciudades-estado son tan viejas como la Civilización; al contrario que los estados, que son una construcción moderna. Y a pesar de que sólo a partir del siglo XV empiezan a existir lo que podríamos denominar estados hoy es difícil escapar o pensar más allá del Estado, como si hubiera existido desde siempre.

De hecho, se podría afirmar que la organización política “natural” son las ciudades-estado,  la Civilización que eclosionó a orillas del Tigris y el Eufrates, o las mismas  polis griegas (cuesta recorrer algún camino político sobre el que los griegos no pensaran o practicaran) que se fueron expandiendo a medida a eran capaces de controlar mayor población y territorios. En épocas no tan remotas encontramos las ciudades de la edad media, la Serenísima República de Venecia o la actual Singapur. Las ciudades-estado, entonces, no se limitarían a ser pequeños estados cuyo ámbito de poder eran los territorios que les permitía controlar su tecnología. En esa ecuación hay que añadir los factores de competencia y comercio para entender su evolución, permanencia y posibilidades actuales.

Gabriel Colominas  lanzaba una afirmación sugerente al final de un artículo sobre la secesión y la libertad en el que escribía que “es bastante más fácil convencer a siete millones y medio de personas de que la libertad es beneficiosa para ellos que convencer a cuarenta y siete”. Sugerente aunque discutible pues hay que suponer que convencer a uno solo resultaría más fácil que a siete millones, pero seguro que les viene a la cabeza más de un caso de alguien que prefiere sacrificar su libertad -y la de los demás- por seguridad o igualdad. La secesión encaminada a construir nuevos estados no es ansia de libertad, es simple deseo servil de obedecer a otro amo.

Las pasiones y razones humanas discurren fuera de toda lógica y planificación. Comunidades pequeñas a lo largo de la historia han sido muy cerradas, intolerantes e implacables con los disidentes. La libertad espartana, ideal republicano por excelencia, pasaba por la agogé para educar ciudadanos virtuosos y desechar a quienes no alcanzaran ese modelo de perfección (una y otra vez el mito del hombre nuevo, que es tan viejo como el hombre y muy anterior al socialismo científico). Otros ni siquiera eran considerados ni podían acceder a la ciudadanía. No hay que viajar tanto en el tiempo, comunidades pequeñas ejemplares que huyeron de la vieja Europa para establecer sociedades libres en América desataron terrores instigados por las cazas de brujas. Hoy en día, en los pequeños pueblos, el control social entre vecinos se aleja mucho de la libertad individual que se disfruta en las grandes ciudades. En el otro extremo de la balanza tenemos los Estados totalitarios e incluso los Estados hiperlegisladores actuales.

Una comunidad pequeña no asegura per se mayor libertad para sus miembros; para que una sociedad sea libre se necesita un sistema de pesos y contrapesos en los mecanismos de poder; y una sana cultura política de desconfianza hacia el Gobierno, cualquiera que sea su forma, territorio y número de habitantes sobre el que tenga competencias.  Si una mayor autonomía o independencia se limita a construir estados nuevos, igualmente todopoderosos, o a establecer portazgos para entrar en ciudades independientes, no nos encontraremos ante sociedades más abiertas sino con más de lo mismo. Cabría preguntarse entonces si nos encontramos ante una evolución o una involución. O si, simplemente, todo se mantiene igual.

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Un pensamiento en “Vuelta a la polis

  1. En Maraton, en el momento de mayor peligro de su historia la ciudad-estado de Atenas apenas fue capaz de poner en liza a diez mil hombres. En cambio en Cannes el estado que habia dejado de ser ciudad-estado de Roma perdio noventa mil hombres en Cannes y fué capaz de reponerse a ello.

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