La selección de los peores

Los nuevos partidos cabalgan desbocados sobre las encuestas electorales rompiendo el bipartidismo de las últimas décadas. Lo que no parecen quebrar es la partitocracia, que resiste en su fondo y forma en las nuevas formaciones que imitan a la vieja política con el objetivo de sustituir a la casta en lugar de terminar con ella.

Todos estos partidos se enfrentan al problema de un crecimiento rápido en zonas en las que hasta ahora no tenían implantación. No es de extrañar que tengan que afrontar la infiltración de grupos organizados en sus filas como le ha ocurrido a Ciudadanos en Getafe o a Podemos en La Rioja. E incluso, a su lenta desintegración como parece que le está ocurriendo a UPyD con casos de transfuguismo hacia el sol que más calienta, que ahora parece ser la candidatura de Albert Rivera.

Frente a la visión idealizada de primarias y asambleas la cruda realidad de la jerarquía burocrática en los partidos se ha ido imponiendo en las nuevas formaciones. De poco sirven votar cuando existe un hiperliderazgo previo en el que no hay alternativas reales (es el caso de Pablo Iglesias, Albert Rivera o Rosa Díez) o un blindaje estatuario que otorga el control de facto a la cúpula en ese momento. Por muy nuevos y reformistas que sean todos estos partidos han acelerado el paso imitando a la casta que tanto critican. No es de extrañar, PP y PSOE huelen a muerto y saben que el momento es ahora o nunca, estén preparados o no, y si no hay candidaturas en todas las autonomías y municipios importantes se hacen de la nada con el primero que pase por allí.

Montar una estructura de partido en un lugar tan amplio y diverso como España es complicado, y es uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan las formaciones emergentes. La experiencia de los políticos profesionales frente a la improvisación de los aspirantes a políticos profesionales. Pero la estructura solo es el envoltorio, el capital humano con el que rellenarla es lo más importante y no es fácil encontrar a gente capacitada y con un curriculum limpio para completar los centenares de puestos que no se pueden dejar en blanco en todas las listas (ayuntamientos, cabildos y consejos insulares, parlamentos autonómicos, Congreso y Senado). Muchos cestos y manzanas ya vendrán podridas o se pudrirán por el camino, tiempo al tiempo.

El personalismo es en todos ellos, incluso, más acentuado que en las formaciones tradicionales. Por el mismo modo en que se crearon y por lo reducido de sus incipientes cúpulas dirigentes los mismos candidatos parecen querer pluriemplearse en diferentes parlamentos. La lista de europarlamentarios podemita ha ido corriendo según iba enviando candidatos a diferentes autonomías españolas y terminará descabezada cuando el mismo líder de la Coleta sea comisionado para ocupar La Moncloa, ¿acaso alguien lo duda? El parlamentario catalán Rivera también dará, previsiblemente, el salto al parlamento nacional. No les queda otra, y es por eso que asambleas o primarias son en estos casos puro decorado.

La selección interna en los partidos políticos es lo contrario a la selección de los mejores, más allá de los métodos concretos -dedazos, primarias, listas abiertas o cerradas- el factor determinante es el objetivo de todo aquel que tiene ambición política: organizar las vidas de sus compatriotas con el dinero ajeno. El político profesional en democracia no es más que un distribuidor de rentas, quienes aspiran a la política solo confrontan formas concretas de planificación pública de acuerdo a la idea de bien común que tengan. La única alternativa real es la que promueve el Partido Libertario, reducir el Estado para devolver la soberanía y la prosperidad a la sociedad. No para planificar las vidas ajenas sino para que cada cual pueda organizar la suya.

A esto hay que añadir el hecho de la crisis percibida como una mala gestión de la res publica ha llevado a mucha gente a preocuparse más por la política e incluso a participar en ella. Se produce así el mismo efecto psicológico que se observa en los aficionados a un deporte que al ver perder a su equipo sobre el campo gritan corrigiendo las decisiones tácticas del entrenador o del presidente del equipo. En ningún momento pretenden una enmienda al sistema (el deporte en sí con sus reglas) sino a la gestión concreta (entrenador, jugadores, fichajes, etc.). Pese al fracaso del sistema estatal este grupo de gente -seguramente bienientencionada- continúa confiando en el sistema y en la aparición de un mesías político que vuelva a inflar la burbuja estatal. Desde luego, no todos proponen lo mismo y existen males menores… y peores. Allá cada cual el día que tenga que meter un sobrecito en la urna.

En todo este juego de tronos y mendicidades hay un caso que me parece ejemplar, casi luminoso. Juan Antonio Horrach, quien hasta hace unos días era número 1 en las listas de UPyD al parlamento balear dimitió por las causas que él mismo narra en este artículo. Muchos discreparán pero no alcanzo a ver mejor ejemplo de inteligencia y hombre preocupado por el bien público del que entiende que debe dar un paso atrás incluso antes de alcanzar la moqueta y el coche oficial. Tal vez era demasiado bueno, la política es un lodazal del que es mejor mantenerse alejado.

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