Trompeteros y antitrumpistas

Últimamente la política me aburre sobremanera, pero Trump ha irrumpido como un elefante republicano en la política mundial para trastocar algunos consensos que dábamos por verdades intocables esculpidas en piedra y me ha sacado de mi silencio bloguero mientras veo la CNN.

Justamente los medios de comunicación son los que más están sufriendo la llegada al poder del 45º presidente de los EEUU. Televisiones, periódicos y radios no han sabido adaptarse a un mundo cambiante, hoy los comentaristas de la CNN declaraban alarmados que Trump prefería comunicarse directamente con la gente a través de redes sociales antes que servirse de los medios de comunicación como intermediarios. Y este que hasta hace unos pocos años esta intermediación entre la política y la gente los convertía en algo así como sacerdotes de los burócratas, solo era verdad e importante lo que ellos decidían. En el mundo actual hay mucho ruido (entre noticias falsas, falsas noticias y todo tipo de intereses) pero si sabemos filtrar esta cantidad ingente de información podemos conocer la realidad sin intermediarios. Aquí es donde los periodistas quedan -o quedamos- completamente descolocados, la población no necesita que le digan qué es y qué no es noticia, incluso el cuándo es importante. A los medios de comunicación no les quedará más remedio que evolucionar o desaparecer, su papel sigue siendo importante pero de otra forma y para ello deberán salirse de la corrección política y trabajarse las noticias más allá de la última hora y de los lugares comunes que aprendieron en la Facultad de periodismo. Quizá un primer paso podría ser cerrar todas las facultades de periodismo.

 

Trump no solo ha desnortado a los informadores, la progresía lleva oponiéndose preventivamente a las políticas de Donald Trump incluso antes de que llegase la Casa Blanca. La internacional progresista dictó sentencia y todos corren como pollos sin cabeza a criticarlo, desde su tupé hasta a su mujer, todo vale y lo de menos son los argumentos. No debería extrañarnos, también le concedieron el premio Nobel de la Paz a Obama cuando todavía no había tenido ni tiempo para redecorar el Despacho Oval. Más tarde le sobró mandato para deportar a inmigrantes, inclumplir su promesa de cerrar Guantánamo y bombardear Oriente Medio desde el despacho. Bien es cierto que por poco le faltaron días para no abandonar a su suerte a los cubanos que huyen de la dictadura castrista, pero entre sus múltiples discursos de despedida y medallas concedidas a sus amigotes encontró tiempo para llevar a cabo semejante felonía.

El impacto en la izquierda y su intelectualidad era previsible, no tanto la desorientación política de la derecha que pivota entre el liberalismo y el mercantilismo. Por un lado, rancios conservadores han encontrado en Trump al líder político que deseaban, un Le Pen sin el pasado de Le Pen, sin pecado original. Y por el otro, los repartidores de carnets de liberalismo se han apresurado a hacer la autocrítica a sus afiliados. Luego nos extrañará que el mundo avance inexorablemente por ese camino de servidumbre sobre el que escribió Hayek. No seguí atentamente las elecciones americanas pero tanto se escribió y alarmó que perdí algo de tiempo en escuchar y leer los programas de Clinton (Hillary) y Trump, me alarmó su coincidencia en el proteccionismo y sus propuestas de marcha atrás en el libre comercio. No tanto porque lo propusiera uno de los candidatos, al fin y al cabo las elecciones sirven para confrontar ideas, sino por su coincidencia contra el librecambismo. Asumida esta premisa solo queda fijarse en otros aspectos de sus programas, las bajadas de impuestos de Trump así como su no intervencionismo militar (aunque se base en el si vis pacem, para bellum) me resultan de lo más sugerentes.

No obstante el peligro populista se cierne como una sombra sobre el sistema político americano. Si bien los EEUU parecen haber sido el único modelo presidencialista que ha funcionado, los riesgos de una presidencia carismática que apele directamente a la gente por encima de la Ley siempre permanece latente. La demagogia es inherente a las democracias pero pueden convivir con ella, pero no con el populismo. Los presidentes entrantes acostumbran a visitar el memorial de Lincoln y no el de Jefferson, lo cual ya debería darnos alguna pista sobre qué quieren ser y hacer. La personificación del poder del Estado frente al hombre que hizo todo lo posible por controlar y limitar su poder. Seguramente Thomas Jefferson fue el mejor presidente que EEUU ha tenido en su historia, tanto es así que no quiso que en su tumba figurase el haber presidido el país como uno de sus logros. De hecho, él seguramente no hubiese querido que levantaran ese monumento, construido junto a un pequeño lago donde antes la gente podía bañarse.

¿Y qué haré yo? Disfrutar del espectáculo que ofrecerá Trump hoy en las escalinatas del Capitolio. Pompa y circunstancia asegurada a la que habrá que añadir su don para el espectáculo. Sin olvidar el placer añadido de ver y escuchar las rabietas en público de la progresía mundial, de Pilar Bardem hasta Michael Moore pasando por los comentaristas de la CNN que esta mañana se sonreían mientras anunciaban lluvia en Washington DC. Para juzgar a Trump ya habrá tiempo, pero antes dejen que al menos tome posesión y concrete alguna de sus promesas en campaña. Entre tanto, continuaré cultivando mi jardín.

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