En las islas todo acontece a otra velocidad. Las distancias y los tiempos se miden en relación a la máxima distancia que se puede recorrer sin caer al mar. La vida se adecua a estas fronteras físicas y cada isla encierra un pequeño mundo en el que todo funciona de una forma determinada, al margen de lo que ocurre alrededor. La globalización es algo que está presente aunque lejana, está ahí pero ni siquiera los grandes puertos y aeropuertos consiguen superar una barrera infranqueable entre lo propio y lo extraño.

Yo mismo nací en una isla, Mallorca, y he vivido bastantes años en otra, Gran Canaria. Salvando las distancias -que son muchas- tienen algunas características comunes, casi atávicas, que encadenan a los isleños a su tierra, rocas en el mar que para nosotros son inmensas como continentes. No es casual que aquellos que vienen de fuera en Mallorca sean conocidos como forasters -forasteros, como en el salvaje Oeste americano- o Godos en Canarias – en referencia a los conquistadores peninsulares de las islas y de los que los naturales de este archipiélago descienden. La sensación de propiedad sobre la tierra es mayor en una isla que en los continentes, extensiones inabarcables donde hay cabida para los propios y para los extraños. En las islas, la tierra es finita y esta limitación convierte en amenaza a todo el que viene de fuera. Amenaza real o imaginada que lo será para siempre, el que llegó desde tierra firme siempre será un extraño marcado por apellidos poco comunes en la isla.

Es difícil encajar en un ambiente así o hacerse con los mecanismos mentales de un isleño. Recuerdo el revuelo que causó en sa roqueta un libro que se publicó bajo el título de Queridos Mallorquines como un espejo en el que quedaba reflejada la idiosincrasia del mallorquín. Aquello no gustó mucho pero todos lo leyeron y fue la comidilla durante meses en todas las sobremesas. Ya pueden llegar millones de turistas a las islas que el ambiente nunca llega a ser abierto del todo, en un ensimismamiento calmado de aquel que se sabe protegido por las costas escarpadas y un manto de agua que siempre los hará diferentes y distantes al continente. 

Las horas y los minutos no son diferentes pero transcurren a otro tempo con el que el forastero nunca logrará sincronizarse del todo. Mallorca es conocida como la isla de la calma y eso tiene un aspecto negativo y otro positivo. No cabe duda de que esta perla del Mediterraneo es un lugar ideal para perderse y olvidarse de la rutina acelerada de nuestros días. Sin embargo, la calma puede llegar a ser desesperante para los más impacientes. De nada sirve aplicar las mismas acciones que en tierra firme esperando los mismos resultados, los procedimientos y las vías de resolución siguen sus propios caminos que en ocasiones pueden ser liturgias ancestrales que escapan de toda lógica. La exasperación puede terminar con la paciencia de quienes no están acostumbrados a recorrer los vericuetos de estos caminos que pueden ser más largos pero desembocan en las mismas metas. Entre tanto, los isleños los recorren pausadamente pero sin hacer paradas de forma que terminan adelantádose con una ventaja que los convierte en amos y señores de lo que ocurre en el terruño. Todo desafío a la calma es percibido además como una amenaza, se puede salir de los caminos marcados hasta cierto punto y mientras no se pongan en duda las esencias. De lo contrario, el alborotador es condenado al ostracismo, como un extravagante forúnculo que solo molesta y debe ser extirpado con la mayor celeridad para que todo regrese a la normalidad.

En este punto, se funden en un abrazo todas las singularidades permitiendo explicar algunas de las cosas que suceden. No es solo que exista un ámbito de “lo nuestro” en el que el del fuera no debe tener mando en plaza sino que aunque intente entrometerse lo más posible es que termine fracasando. Solo así pueden explicarse casos de corrupción enraizados de los que todo el mundo habla pero que no llegan a salir a la luz ni a investigarse. Un ejemplo fue el de Munar en Mallorca aunque muchas otras corruptelas quedaron cubiertas con papel de periódico y nunca serán destapadas. De hecho, tuvieron que venir periodistas forasteros a dirigir diarios locales para airear el cenagal. Sobre Canarias y su cabildeo poco se puede añadir salvo que, quizá, por la mayor lejanía, fragmentación y tamaño menor de las islas, todo esté más acentuado.

El que viene de fuera e intenta romper con la calma, aunque sea para solucionar los problemas, termina descalabrándose. Es un muro infranqueable a prueba de cabezazos que, si acaso, solo puede ser rodeado. La consecuencia política de todo esto es obvia. Haciendo memoria me a viene la cabeza cómo Jaime Matas encargó a un castellanoparlante que le guardara el sillón del liderazgo de su partido mientras él era ministro. Aquello garantizaba que nunca podría ocuparlo por méritos propios. Ahora vemos cómo algunos partidos nuevos intentan ocupar espacios en el tablero político de las islas con poco éxito. Y, de hecho, los mecanismos de corrección que mencionaba se han puesto en marcha para limitar su vuelo. Nunca se sabe lo que puede ocurrir en las elecciones generales pero en las locales y autonómicas dudo que consigan llegar muy lejos.

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