Carnavaleros y sacerdotes

Cuando llegué a Canarias me explicaron que allí se vivía mucho el Carnaval. Enseguida comprobé que era algo más cuando descubrí que las celebraciones se prolongaban durante unos tres meses por toda la isla. Incluso más si tiene en cuenta el montaje del gran escenario que ocupa la parque de Santa Catalina en Las Palmas de Gran Canaria. No es que tuvieran un día de fiesta y se volcaran algunos días antes, es que enterrada la sardina y durante toda la Cuaresma continuaban disfrazándose. Luego me enteré que años atrás habían acordado, eso sí, respetar la Semana Santa de forma que al menos durante esos días no había celebraciones carnavaleras sin perjuicio de que pasada la Pascua pudieran volver los disfraces. Curioso cuando menos, me acorde que en Andalucía también dicen vivir mucho la Semana Santa y no por ello alargan las procesiones y misas de Pascua durante varios meses.

Más allá de esta desmesura, cabe plantear que el Carnaval sin la Cuaresma carece de sentido. La lógica de desahogarse para aguantar cuarenta días de abstinencia pierde su razón de ser en el momento que no habrá un solo día de sacrificio personal. Y menos si se tiene en cuenta que las sociedades abiertas hoy viven con mayor libertad todos los días del año. ¿Por qué cometer excesos cuando durante un día cuando se vive sin limitaciones todo el año? Tan solo se me ocurre la tradición, que no es causa menor y como la propia Semana Santa para los no creyentes forman los pilares de de una sociedad que mantiene una continuidad con su pasado.

En este sentido las fiestas han ido perdiendo sus características particulares para converger hacia una modo de festejo muy similar. Es difícil distinguir entre Carnaval, Sanfermines, fiestas patronales, acontecimientos deportivos, Orgullo Gay o Todos los Santos cuando las celebraciones se reducen a las botellonas que tanto gustaban a Susana Díaz. 

Resulta curioso que mientras día y noche nos repiten la monserga de la sostenibilidad no haya efeméride que termine con los servicios municipales de limpiando retirando toneladas de basuras. Señalan a la señora que no recicla mientras en una noche lanzan latas de cervezas sobre basuras cubos que ya no dan más de sí. Es, como mínimo, socialmente hipócrita.

El alarmismo climático no es el único dogma actual, los Carnavales traen también los sermones contra el sexismo. Ya no son los religiosos quienes se escandalizan por las minifaldas sino que su púlpito ha sido ocupado por feministas que dictaminan cuáles son los disfraces permitidos. En un mundo teóricamente más libre padecemos un retroceso en la práctica con la censura que pretenden algunos políticos y reproducen sus altavoces mediáticos. 

Al fin y al cabo la Nueva Iglesia Progresista ha venido a sustituir a la Católica, con nuevos dogmas que no pueden ser rebatidos y monjes mendicantes que nos asustan con un apocalípsis ecológico mientras no dejan de profetizar nuestra salvación terrenal si creemos en los nuevos mesías. En esta ambición no encuentran un punto de equilibrio como sí lo hizo la Iglesia y al menos deberían mostrarse tan pragmáticos como los antiguos sacerdotes. Junto a los días santificados por la ONU debería también dejarnos días para el deshago en los que se pudiera ser políticamente incorrecto, hacer chistes sobre minorías e incluso piropear a las mujeres. Ya se sabe que ser demasiado exigente con los preceptos religiosos no es sostenible en el tiempo a menos que venga acompañado de una fuerte represión y por ello todas las religiones exitosas han limitado los periodos de fuertes limitaciones como la Cuaresma, el Ramadán o el Shabat acompañados de periodos y fórmulas en las que encauzar otro tipo de pasiones e incluso excusar los incumplimientos cometidos. El veganismo permanente no parece conseguir muchos adeptos por lo que no es extraño que ya se propongan ayunos intermitentes. Es paradójico que podríamos llegar a recuperar algo similar a la Cuaresma que se estaba perdiendo. Lo relevante, si acaso, es que de la misma forma que durante esos cuarenta días siempre hubo quien entendió el sacrificio de no comer carne para hincharse a mariscadas no cabe duda de que la nueva religión Progre contará con una élite que no renunciará a los chuletones, a sus coches oficiales ni a viajar en avión mientras los demás tendremos que conformarnos con no salir de nuestra aldea y degustar deliciosos insectos. Y es que en el fondo hay cosas que no cambian, siempre habrá clases.

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