Del Estado despreocupado al de alarma

Nos ha tocado vivir tiempos convulsos que solo conocíamos por las películas apocalípticas. Si acaso eran situaciones que podían ocurrir en ese lejano Oriente de tigres asiáticos donde las ciudades son bosques de rascacielos, smog y muchedumbres que de normal ya llevan mascarilla puesta, dificultando más si cabe que desde occidente podamos distinguirlos. Cosas que no podían pasarnos a nosotros, aunque en alguno de nuestros viajes pudiéramos pasearnos por aquel exotismo para fotografiarlo y recordarlo a nuestro regreso a casa como trofeo.

Sin embargo hemos terminado protagonizando un encierro masivo dejando las calles de nuestras ciudades, pueblos y aldeas vacías. Parecíamos inmunes, que no iba con nosotros, pero aquí estamos. Nos equivocamos, claro. Y lo hicimos primero por esa percepción extraña de creernos no solo diferentes sino mejores. Mientras llegaban noticias sobre la epidemia en China observábamos pero no aprendíamos. Total, esto es Occidente. Sin embargo conocimos los primeros casos en nuestro país y los aislamos creyéndonos todopoderosos. Estaba todo controlado, decían. Nos lo creímos o nos lo quisimos creer. No merecía la pena elaborar planes de contingencia ni alarmar a la población por algo que no podía extenderse en nuestra tierra, y en caso de que lo hiciera no dejaba de ser como una gripe, algo asumible. Moriría algún anciano, pero ¿qué más daba? Entre tanto continuaban llegando cifras alarmantes de contagiados y muertos en Asía así como las estrictas medidas de control social para detener la transmisión del nuevo virus.

Luego, sin darnos casi cuenta, Italia, un país tan similar al nuestro en tantas cosas, vio crecer de forma descontrolada los casos. Tampoco debía cundir la preocupación, con lavarse las manos sería suficiente. Con jabón, muchas veces y durante mucho tiempo, eso sí. Las mascarillas, en cambio, continuaban siendo un capricho oriental, algo innecesario a este lado de la muralla. Poco a poco, un goteo de nuevos positivos iba aumentando el recuento en España. Pero había que hacer caso al gobierno y a los medios de comunicación, no inquietarse y confiar ciegamente en su eficacia. Por contra había que combatir los bulos y a los alarmistas, todo por mantener la calma y la paz social. La de los cementerios y los familiares de los difuntos que no podrán ni velarlos, como se terminaría constatando.

La verdad oficial comenzó a desmoronarse a finales de febrero cuando empezaron a brotar focos de origen desconocido en España. Incurrieron en el segundo error -más grave si cabe- de ignorar que estábamos siguiendo, paso a paso, el modelo italiano y, lo que todavía es peor, no admitir que los casos no controlados lo cambiaban todo. Pero el mensaje de gobierno y de los medios de comunicacion era exactamente el mismo que mantenían desde hacía semanas, de forma completamente acrítica y sin tener en cuenta que la situación era diferente. 

Ya el 3 de marzo se produjo un punto de inflexión. Conocimos en diferido que la primera muerte por Coronavirus se había producido casi un mes antes en Valencia. Desde ese momento ya no había excusas, era evidente que el patógeno llevaba más tiempo entre nosotros del que hasta el momento habían admitido las autoridades. Si no se habían descubierto más casos era porque no se estaban haciendo pruebas. La teoría del caos. 

Pese al oficialmismo despreocupado y siendo tildados de alarmistas, algunos ya advertimos de lo que se nos venía encima. No era necesario tener información privilegiada o formación científica, tan solo observar la realidad más allá de la propaganda gubernamental. En público y en privado, avisamos de que la situación no estaba bajo control, de que la ausencia de medidas agravaría la expansión de la epidemia y se pondría en peligro el sistema de salud. Y con él vidas humanas que en una situación más controlada podrían ser salvadas. Mientras muchos políticos con responsabilidad pública y líderes mediáticos animaban a llenar las calles de muchedumbres o acudir a mítines, otros tratábamos de hacer ver el grave error. Traté de avisar también a amigos y familiares. Con escaso éxito, por cierto. Y ese es mi gran pesar, no haber sido capaz entonces de concienciar a la gente que me rodeaba del peligro real e inminente creando así una cadena de responsabilidad. Apenas pude tomar decisiones con poca incidencia en el conjunto de la sociedad como dejar de ir a un evento masivo al que planeaba acudir, renunciar a rutinas no esenciales como ir al gimnasio, anular comidas en grupo, dejar de ver a los amigos o pasar a realizar la parte presencial de mi trabajo a distancia desde casa. Demasiado poco, lo siento.

La epidemia, en cambio, siguió su curso previsible sin hacer caso a los mensajes de tranquilidad y normalidad. Algunos gobiernos regionales comenzaron a tomar medidas mientras que el gobierno de Pedro Sanchez empezó a reaccionar sobrepasado por los hechos el día después de lanzarse a las calles, contagiándose entre ellos y poniendo en riesgo a toda la población y el sistema de salud pública que dicen defender. Una irresponsabilidad sin precedentes por la que tendrán que rendir cuentas.

La semana se hizo larga, día a día, el discurso oficial iba ganando gravedad y se anunciaban medidas urgentes que tomarían en días posteriores. Llegaba el día indicado y se comunicaban nuevos retrasos. La improvisación y el caos era total, sin rumbo ni liderazgo a nivel nacional. Así hasta el pasado sábado 14 se marzo, que tras aplazamientos y filtraciones del propio gobierno terminó por decretar el estado de alarma limitando la actividad del país y todo contacto social. La gente debía permanecer confinada en sus casas. Las medidas económicas para tratar de paliar los efectos negativos en la economía y en la vida de los españoles que ahora se ha visto interrumpida se anunció… para una próxima convocatoria urgente que todavía esperamos. Más propaganda, más improvisación, más irresponsabilidad.

Con una diferencia de días el gobierno ha pasado de hacer llamamientos para inundar las calles a multar a la gente por pasear en solitario. De la despreocupación a la alarma, y pretenden que la gente ahora se conciencie de un problema que horas atrás no era más que una gripe que se combatía con un lavado de manos. El presidente del gobierno ha perdido toda auctoritas aunque retiene la potestas. A esto cabe añadir algunos tics autoritarios como la supresión de la sesión de control al gobierno. El estado de alarma es un estado de excepción de derechos y libertades previsto por la Constitución por lo que la vigilancia de estos poderes extraordinarios del gobierno y los burócratas no solo debe continuar sino que es incluso más necesario que en los momentos de normalidad democrática. Y así también lo establece la propia Carta Magna. Si no se ejerce el control nuestra democracia podría derivar en abusos y en una dictadura. Es un riesgo tan real como el de la propia epidemia.

No es por tanto momento de diferir responsabilidades sino de exigirlas. Y estas pasan por la dimisión del gobierno que ha sido irresponsable y ha colaborado a generar caos. El parlamento puede elegir un gobierno de concentración nacional que recupere la auctoritas y lidere al país en estos momentos de tribulación. 

Debemos tener mucho cuidado con quienes pretenden limpiar su mala conciencia repitiendo el mantra del “nadie lo vio venir”. Mienten y si ellos no lo vieron venir o no lo quisieron ver venir deben explicar por qué. Otros sí lo vimos venir. De hecho, es llamativo que los mismos que quitaron importancia ante una amenaza real sean los mismos que llevan décadas presagiando el fin del mundo y un apocalípsis que nunca llega. Molinos que una lucha quijotesca creen gigantes.

Que esta difícil crisis sirva al menos para que nos demos cuenta de lo verdaderamente importante, empezando por los seres queridos que ahora tenemos lejos aunque vivan en el portal de al lado. Debemos permanecer en nuestra casas y trabajar más duro que nunca ayudando a los que más lo necesiten. No porque nos lo ordene el gobierno sino porque es nuestra responsabilidad moral. Solo así prevaleceremos, a pesar del gobierno.

 

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