¿Comodidad o maldad?

Como era previsible, los burócratas europeos han fallado estrepitosamente en sus previsiones de vacunación y el gobierno español ha sido uno de los más negligentes en un plan de vacunación improvisado a pesar de que lo anunció el noviembre del año pasado. La grandilocuencia de los titulares de estos días y merece la pena reparar en ello porque contrasta con la aceptación acrítica de unas previsiones que no cuadraban con los datos objetivos.

A pesar de las evidencias, los medios de comunicación replicaron entonces las fechas y objetivos marcados desde Moncloa para preguntarse ahora, una vez que se han incumplido, qué ha podido fallar. Lo extraño, claro, hubiera sido que se cumpliesen los planes de vacunación pero las reiteradas mentiras gubernamentales indicaban todo lo contrario.

No hay que ser muy listo, haber estudiado varias carreras ni hablar diferentes idiomas para saber que cuando Salvador Illa anunció a bombo y platillo que España había alcanzado la velocidad de crucero en la vacunación estaba mintiendo como está mintiendo también Carolina Darias al anunciar, un mes después, que ahora sí España ha alcanzado la velocidad de crucero. Mentían entonces, mienten ahora y volverán a mentir en el futuro. Es probable de aquí a final de año el gobierno anuncie varias veces que España ha alcanzado la ansiada velocidad de crucero en la vacunación mientras, de nuevo, incumplirá su promesa de tener vacunada al 70% de los españoles en verano.

Que los políticos mientan no es ninguna novedad aunque es preocupante que lo hagan con semejante desparpajo, sin que les suponga un coste reputacional y, lo que es más extraño, que los medios de comunicación continúen asumiendo como ciertas sus mentiras. Cabría preguntarse si los medios mantienen una connivencia con la maldad de los políticos pero tiendo a pensar que es por comodidad. Me explico, para un reportero o redactor resulta más sencillo y menos costoso reproducir las declaraciones y las notas de prensa de los políticos. El trabajo les llega hecho, tan solo tienen que hilar las visiones de gobierno y oposición sin entrar a juzgar a unos y otros, es la supuesta neutralidad de la prensa. Sin embargo, al dar por buenas los bulos oficiales -como también están haciendo las grandes corporaciones que controlan las principales redes sociales- dando por válidos los mensajes oficiales de los gobiernos y censurando los que no lo son, no tanto por su veracidad sino por su procedencia- se convierten en los mayores propagadores de desinformación. Sí, la misma desinformación que dicen combatir y, a su vez, alientan otros bulos que se añaden a los oficiales enmarañando la información que recibimos hasta que llega un punto en el que resulta casi imposible diferenciar la verdad de la mentira. Aquí perdemos todos menos los políticos que en este terreno enfangado se mueven como peces en el agua, aunque ellos solo alcancen a ser algún tipo de batracio venenoso.

De ahí que en la actualidad haya cobrado mucha relevancia la cultura de la «cancelación» para silenciar toda voz discordante que ponga en duda los mensajes oficiales y la comodidad de tanto. No resulta épico ni histórico pero no sería la primera vez en la historia en la que la vagancia y no la maldad es la palanca que permite la degradación de toda una sociedad.

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